viernes, 11 de mayo de 2012

Reflexiones de una extranjera



Por Carmen Ruiz

Una querida amiga ecuatoriana dice que, en el reparto de corazones al principio de los tiempos, se equivocaron y a esta vasca que soy yo le entregaron un corazón latino. Por eso empezó a latir de verdad cuando pisé tierras latinoamericanas hace ya catorce años. Primero fue Quito, después vendría Bogotá. Siempre donde el corazón me iba llevando, como en la novela de Susanna Tamaro. En julio del 2000 tras intentar calmar a mi familia con la excusa más peregrina (“¿Pero por qué siempre tienes que elegir los países más complicados?” –preguntaban- y es que entre mis periplos habían figurado lugares tan exóticos como Filipinas) aterricé en Bogotá. Mis primeras horas en La Candelaria con sus calles estrechas, sus casas con paredes rosas, amarillas, azules y balcones de madera gastada, vivida, el chocolate con queso en la Puerta Falsa, único refugio cuando la lluvia era torrencial, tres universidades a dos pasos, una biblioteca en la que podías pasar horas leyendo, una librería en la que podías comprar toda la colección de clásicos de la editorial Gredos o Cátedra, cine arte en la Calle del “Agrado”, el sol escondiéndose tras las montañas y tiñéndolas de naranja y canelazos nocturnos mientras escuchábamos a trovadores locales en un café o arreglábamos el mundo en conversaciones interminables, bastaron para enamorarme irremediablemente de esta ciudad.

No podría encontrar otro lugar en el que la magia se entremezcla de verdad con la realidad. Aquí quiero vivir. Sin embargo, mi amor por esta tierra mágica a veces desfallece y me embarga una nostalgia casi enfermiza. Suele ocurrir cuando se me escapa alguna frase que en España habría sido recibida con una sonrisa o con un “anda, tía, airéate un poco y luego vuelves” o simplemente habría pasado desapercibida pero que aquí es capaz de resquebrajar una relación, cuando se quedan con la forma de mis palabras, con mis maneras, pero no profundizan en el fondo, cuando creo que nunca me voy a hacer entender, que nunca me van a querer de verdad, cuando escucho “donde fueres, haz lo que vieres” pero eso no tiene la otra cara de la acogida auténtica. Entonces este país mío se torna extraño, difícil, me asfixian las montañas. Y mi mente, mi corazón, vuela de regreso al mar Cantábrico en cuya orilla me crié, imagino el jardín de la casa de mis papás: el almendro ya habrá florecido, las hortensias estarán enormes, habrá que podar las rosas… imagino a toda mi familia sentada en torno a la mesa del jardín disfrutando de esas largas cenas de verano cuando anochece casi a las diez, la tortilla de patata de mi mamá está deliciosa y mi papá ha descorchado un buen Rioja, casi puedo escuchar las risas de mis sobrinos pequeños, los comentarios del último partido del Barça (no podemos ganar siempre: Messi, Xavi, Iniesta y Pujol están cansados…), las súplicas de mis sobrinos adolescentes tratando de conseguir permiso para ir a la fiesta del próximo sábado, mi papá preocupado por la declaración de la renta…

La filosofía es en realidad nostalgia, un impulso de estar en todas partes en casa”, dice Novalis. Debo recuperar esta tierra y hacerla mi casa, debo hacer memoria, encontrar los motivos por los que quise echar raíces aquí, por los que mi alma se esponjó, por los que mi corazón latió. Enseguida aparecen más de cien motivos: mi privilegiado trabajo en una Biblioteca (el cielo de Borges), el ajiaco santafereño, la pasión con la que fui “verde” hace dos años soñando con que un filósofo-matemático gobernara este país y Platón se sonriera en su tumba, hacer fila durante horas para escuchar un conversatorio entre Héctor Abad Faciolince y William Ospina, las amigas que he encontrado aquí y que me salvan la vida una y otra vez, el “chévere” con el que describo ya casi todo lo que me parece bueno, la creatividad de los colombianos para sacarle jugo hasta a la equivocación más tonta de una cantante famosa, la maestría en filosofía, el poder “traicionar” al Barcelona con el Once Caldas, el hecho de que uno puede pasar de la chimenea a la piscina sólo a dos horas de Bogotá, dar las clases de "Lectura y escritura de textos filosóficos" a los entusiastas e idealistas alumnos de la carrera filosofía, el espectáculo de verdes del paisaje, la afición a echar carreta (especialmente de los hombres) y que te encanta como en un conjuro, las empanadas, el “tinto”, los taxistas que me levantan el ánimo cada vez que me preguntan “¿española, verdad? Pero con esa sonrisa no parece usted de las bravas…”, la conciencia social de muchos que se esfuerzan cada día por hacer de este país un lugar más justo, el acento dulce y cadencioso del español colombiano, la posibilidad de haber cantado “Let it be” con Paul McCartney en El Campín, tantos y tantos instantes de eternidad que he vivido en estas tierras y todo lo que me queda… Sí, definitivamente, debo seguir aquí, aguardar, quizá acontezca lo inesperado.

jueves, 18 de agosto de 2011

lunes, 1 de agosto de 2011

Humanidades Medioambientales

El título corresponde a un congreso sobre ciencia, humanidades y medio ambiente, que tendrá lugar en Chipre del 2 al 6 de julio de 2012.
Información aquí.

martes, 19 de julio de 2011

Philosophy of Time's Meeting



Aunque no lo crean, hay una sociedad americana de filosofía del tiempo; y un encuentro el próximo año en Seattle.
Aquí la información.

lunes, 18 de julio de 2011