Por Carmen Ruiz
Una
querida amiga ecuatoriana dice que, en el reparto de corazones al
principio de los tiempos, se equivocaron y a esta vasca que soy yo le
entregaron un corazón latino. Por eso empezó a latir de verdad
cuando pisé tierras latinoamericanas hace ya catorce años. Primero
fue Quito, después vendría Bogotá. Siempre donde el corazón me
iba llevando, como en la novela de Susanna Tamaro. En julio del 2000
tras intentar calmar a mi familia con la excusa más peregrina
(“¿Pero por qué siempre tienes que elegir los países más
complicados?” –preguntaban- y es que entre mis periplos habían
figurado lugares tan exóticos como Filipinas) aterricé en Bogotá.
Mis primeras horas en La Candelaria con sus calles estrechas, sus
casas con paredes rosas, amarillas, azules y balcones de madera
gastada, vivida, el chocolate con queso en la Puerta Falsa, único
refugio cuando la lluvia era torrencial, tres universidades a dos
pasos, una biblioteca en la que podías pasar horas leyendo, una
librería en la que podías comprar toda la colección de clásicos
de la editorial Gredos o Cátedra, cine arte en la Calle del
“Agrado”, el sol escondiéndose tras las montañas y tiñéndolas
de naranja y canelazos nocturnos mientras escuchábamos a trovadores
locales en un café o arreglábamos el mundo en conversaciones
interminables, bastaron para enamorarme irremediablemente de esta
ciudad.
No
podría encontrar otro lugar en el que la magia se entremezcla de
verdad con la realidad. Aquí quiero vivir. Sin embargo, mi amor por
esta tierra mágica a veces desfallece y me embarga una nostalgia
casi enfermiza. Suele ocurrir cuando se me escapa alguna frase que en
España habría sido recibida con una sonrisa o con un “anda, tía,
airéate un poco y luego vuelves” o simplemente habría pasado
desapercibida pero que aquí es capaz de resquebrajar una relación,
cuando se quedan con la forma de mis palabras, con mis maneras, pero
no profundizan en el fondo, cuando creo que nunca me voy a hacer
entender, que nunca me van a querer de verdad, cuando escucho “donde
fueres, haz lo que vieres” pero eso no tiene la otra cara de la
acogida auténtica. Entonces este país mío se torna extraño,
difícil, me asfixian las montañas. Y mi mente, mi corazón, vuela
de regreso al mar Cantábrico en cuya orilla me crié, imagino el
jardín de la casa de mis papás: el almendro ya habrá florecido,
las hortensias estarán enormes, habrá que podar las rosas…
imagino a toda mi familia sentada en torno a la mesa del jardín
disfrutando de esas largas cenas de verano cuando anochece casi a las
diez, la tortilla de patata de mi mamá está deliciosa y mi papá ha
descorchado un buen Rioja, casi puedo escuchar las risas de mis
sobrinos pequeños, los comentarios del último partido del Barça
(no podemos ganar siempre: Messi, Xavi, Iniesta y Pujol están
cansados…), las súplicas de mis sobrinos adolescentes tratando de
conseguir permiso para ir a la fiesta del próximo sábado, mi papá
preocupado por la declaración de la renta…
“La
filosofía es en realidad nostalgia, un impulso de estar en todas
partes en casa”, dice Novalis. Debo recuperar esta tierra y hacerla
mi casa, debo hacer memoria, encontrar los motivos por los que quise
echar raíces aquí, por los que mi alma se esponjó, por los que mi
corazón latió. Enseguida aparecen más de cien motivos: mi
privilegiado trabajo en una Biblioteca (el cielo de Borges), el
ajiaco santafereño, la pasión con la que fui “verde” hace dos
años soñando con que un filósofo-matemático gobernara este país
y Platón se sonriera en su tumba, hacer fila durante horas para
escuchar un conversatorio entre Héctor Abad Faciolince y William
Ospina, las amigas que he encontrado aquí y que me salvan la vida
una y otra vez, el “chévere” con el que describo ya casi todo lo
que me parece bueno, la creatividad de los colombianos para sacarle
jugo hasta a la equivocación más tonta de una cantante famosa, la
maestría en filosofía, el poder “traicionar” al Barcelona con
el Once Caldas, el hecho de que uno puede pasar de la chimenea a la
piscina sólo a dos horas de Bogotá, dar las clases de "Lectura
y escritura de textos filosóficos" a los entusiastas e
idealistas alumnos de la carrera filosofía, el espectáculo de
verdes del paisaje, la afición a echar carreta (especialmente de los
hombres) y que te encanta como en un conjuro, las empanadas, el
“tinto”, los taxistas que me levantan el ánimo cada vez que me
preguntan “¿española, verdad? Pero con esa sonrisa no parece
usted de las bravas…”, la conciencia social de muchos que se
esfuerzan cada día por hacer de este país un lugar más justo, el
acento dulce y cadencioso del español colombiano, la posibilidad de
haber cantado “Let it be” con Paul McCartney en El Campín,
tantos y tantos instantes de eternidad que he vivido en estas tierras
y todo lo que me queda… Sí, definitivamente, debo seguir aquí,
aguardar, quizá acontezca lo inesperado.
